Érase una vez… el fuego del dragón

 

[…] El guerrero regresó y contó lo que había visto. Todos se sentaron en silencio, sin dejar de mirar el lago, pues no podían apartar sus miradas de aquel espectáculo. Enormes serpientes, que no dejaban de moverse, estaban nadando en las aguas. En las rocas, se veían monstruos echados, extraños dragones tendidos boca abajo […]

 

[…] El guardián era un enorme dragón. Los guerreros que lo vieron instaban a su señor a que se apoderase de todo el tesoro. Pero a Beowulf no el importaban las riquezas, le repugnaba el robo, y castigó al ladrón […]

 

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[…] El dragón, enfurecido, sintió que su pecho se enardecía y, lanzándose a través de los campos y pueblos, esparció el terror y la muerte por doquier, sembrando de desolación todos aquellos lugares por los que pasaba. Un gran clamor de lamentos se alzaba, una tremenda desgracia había caído sobre la tierra de los godos […]

 

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[…] Reuniendo el último esfuerzo y el definitivo hálito de vida, el anciano Beowulf consiguió partir con su hacha la cabeza del dragón que, retorciéndose bruscamente, cayó muerto casi al instante. Pero también el héroe había caído, cegado por el pestilente aliento del monstruo […]

 

 

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